EL JUEGO
Decían que iba a ser un verano tormentoso.
Aún no sé cuál es la gran tormenta que se está formando en
la linde del cielo,
pero sus grises nubarrones, coléricos, se van adueñando de
mis alas, escarchándolas;
y su marca, impresa en mi espalda, rozando mi sangre, parece
un mal presagio,
otra brasa de la hoguera que hemos invocado.
Quizás merece la pena remover lo más oscuro de mi alma,
que ansía robar a dentelladas los reflejos engañosos de la
luna;
bailar la danza de la Muerte, adorándola al destruirme;
rebelarme contra mí.
Quizás sumergiendo mis venas en veneno, descubra un corazón
de tinieblas
que llene de paz todas las cicatrices que la luz nunca supo
curar.
Mi tempestad es el animal que lucha desesperado por
devorarme,
relegar mi significado al olvido, y arrancar de mis entrañas
al más oscuro de los soles negros, a la más ardiente de las
estrellas muertas.
Un espectro henchido de furia ciega que despedace toda la
luz existente.
Ella es un relámpago, esclava de la tormenta que cree
dominar,
encadenada a unos vientos furiosos que le arrastran por las
nubes,
susurrándole al oído que puede volar.
Me agarra, me sobrevuela, me hechiza, para condenar nuestro
espíritu en este embrujo.
El huracán, la verdadera fuerza, el gran titán, es ajeno a
nosotros.
Descomunal, irascible, incontrolable; oscuro y hermoso.
Cuando llegue, embravecido, nos devorará sin darse cuenta,
y eso es lo único verdadero que conozco con certeza.
Mientras tiemblan mis alas congeladas sobre el abismo,
decido saltar en su corazón caótico y autodestructivo,
y ser el demonio enloquecido que girando lo alimenta,
mientras arden mis cimientos, consumidos por un juego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario