miércoles, 22 de marzo de 2017

La danza de la Muerte


Dos alas negras baten la tempestad que arrasa el mundo, en el lodazal de bruma enfermiza que es hoy mi conciencia.
Sin prisa, mi verdugo alarga su sombra siniestra, cubriendo mis orillas, ahogando mi piel en negro carbón.

Locas de rabia, las pesadillas encadenadas se revuelven, haciendo repicar el acero frío que apenas contiene ya sus confines difusos, amarrándolas en un débil abrazo de escarcha.
El tintineo de mil eslabones rompe mi cabeza, colmándola con el tibio sabor de la Muerte. La sangre se pudre sin remedio en mi corazón agónico, que traidor de sí mismo no puede ni mirarse a los ojos.
El aleteo de los cuervos cubre el cielo, haciendo del sol un lejano recuerdo, impotente en la distancia. Una fábula generosa, que narro a los niños que una vez fuimos, para que puedan dormir.
Las alas atronan, las cadenas rechinan, los malos espíritus se embravecen, mostrando los incontables colmillos que ansían mi carne.
Y yo huyo a otra cama, a otra vida, a otro nombre.
Y corro despavorido por el laberinto sin salida que es hoy mi cárcel.
Y cuando la jauría de los anhelos que asesiné me devore, bailará desnudo mi esqueleto, libre ya de culpa y de ayer, al son de esa vida que, por un instante, pudo haber sido la mía.

jueves, 22 de septiembre de 2016

De la fruta

Si me dijeran tus ojitos "ven conmigo"...
bailaría desnudo por las calles
el lucero tibio de la mañana,
sembrando de colores las aceras.

Ay, que si me deslumbras...
Ese cuerpo de negra aceituna
bailándole las palmas a la luna,
ay, si me atrapase otra vez.

Al yermo pastizal que es hoy mi alma
lo quemarás hasta las cenizas
para hacerme prisionero de tu mantón.

Y yo por las arenas cambiantes
seguiré tu taconeo, y me iré 
(libre de mí) tras de tu pelo
para ofrecerte mi tacto y rendición.

¡Que mi deambular por esta vida
valdrá la pena el tiempo justo
que sea sombra tras tus pies¡

Y tómeme la noche 
el día que me despaches,
seco ya el jugo de mi ser.

Y tómeme la noche 
el día que me despaches,
no vaya a despertarme el amanecer.

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Poemas del Camino

Caminho

El sol y la lluvia juegan con tu sombrero,
el monte y la ciudad se deslizan bajo tus botas,
la tierra y la mar nacen y mueren ante tus ojos,
las huellas que dejaste atrás se disiparon 
como el humo de un cigarrillo.

La longeva paciencia del desierto,
las millas nunca cubiertas riéndose
de la certeza del siguiente paso.

La ilusión de un refugio al anochecer,
una hoguera donde cantar andanzas
y quemar sueños ya vividos, hasta que
el viento esparza las cenizas al amanecer.

De nuevo, las dunas sin fin se esparcen
en las arenas del tiempo, mas son tus ojos
dos estrellas, titilando cálidas en la noche.

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Poemas del Camino

FAO

Un ave pequeña se posa solitaria.
Trinos silbados, batir de las palmas,
ritmos en los labios y en las alas.

De nuevo, el sol bosteza de sueño,
se arrebuja sobre la fría ribera.
Cae la tarde sobre aquel viejo bote
abandonado en la orilla.

Se estremecen el pájaro, 
la descascarillada barca,
la lumbre que bosteza, 
el río somnoliento.

Es el agua la sangre de esta tierra.

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Poemas del Camino

ERES CAMINO

Eres movimiento,
viento viajero,
fuego fatuo 
que juega
a esconderse 
en la oscuridad.

Eres siempre efímera,
como la propia vida,
como el sueño que muere
a cada despertar.

Catedral la luz
que habita tus ojos,
destino aciago inevitable
al que mis días peregrinan,
como aquel eterno horizonte
que nunca habré de alcanzar.

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Poemas del Camino

TRÍADA

Dos almas viejas, arrebujadas 
sobre dos sillas de madera.
Un sol de oro fundido,
dorando a espigas los trazos
relajados de la mar.

Una musa para dos poetas,
atardece en Galicia,
fresco el estío, y el cielo
se desviste del fulgor,
quedando desnudo ante 
nuestra mirada deslumbrada.

Con rubor silvestre, las nubes
cierran las bambalinas ante los dos
peregrinos, que saborean en silencio
la muerte de una estrella.

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jueves, 28 de julio de 2016

Farolillos de Madrid

Frías cayeron las plumas bajo el viento aterrador,
como perlas virando, casi invisibles en el cielo gris.
Rojos nubarrones de atardecer cubrían la ciudad.
Y en la escarcha aferrada a sus aceras, las farolas
resquebrajaban, tenues, la tristeza helada a capas.

Mantened los farolillos encendidos, habitantes de Madrid,L
cuando la sombra de la larga noche invernal se cierna,
hambrienta de latidos, y la tormenta arrase, azarosa,
los cuerpos que ayer mismo heredamos de la tierra.

Cuando vengan sus ojos a posarse, no dejéis que se apague
el fuego del hogar. Yo lo hice, y nunca ya volveré a encontrar
mi alma errante, náufraga que vaga perdida 
entre la nieve y la oscuridad.

27/7/16 ArGoS